Lo que la ciencia quiere saber

Casi todos los estudiosos están de acuerdo en que Isaac Newton, cuando formuló los principios de la dinámica y la ley de gravitación, en el último tercio del siglo XVII, estaba al corriente de todo cuanto de ciencia había que conocer. Se estima que en los 350 años posteriores se han publicado unos 50 millones de artículos e incontables libros sobre matemáticas y ciencias de la naturaleza. Es probable que un alumno de secundaria disponga hoy de más conocimientos que Newton. Aún así, son muchos quienes ven en la ciencia una montaña inexpugnable de hechos y datos.

La especialización, cada vez mayor, ha sido una de las vías que han tomado los científicos para habérselas con esa montaña. Día tras día, parece estrecharse el campo de conocimiento del científico. En consecuencia, estos se han visto en la necesidad de adoptar una estrategia ante la montaña de información: prescindir de casi toda ella. Lo cual no debiera sorprender. Es cierto que para dedicarse a la ciencia se requieren amplios conocimientos, pero lo que caracteriza a los científicos no es lo que saben, si no lo que ignoran. Para el científico, los hechos, los datos, no son más que un punto de partida. En ciencia, cada descubrimiento plantea 10 nuevas preguntas. Por ello, la ignorancia aumenta siempre a mayor velocidad que el conocimiento. En palabras de Maxwell: “La ignorancia, hondamente sentida […] es el preludio de todo auténtico progreso en el saber”.

Las preguntas, por otra parte, suelen ser más fáciles de formular que de responder y, a menudo, más interesantes que las respuestas. Hacer incapié en la ignorancia constituye un buen antídoto contra elitismos y nos hace sentir más iguales, lo mismo que la infinitud del espacio nos reduce a nuestras verdaderas dimensiones. Si los científicos nos explicaran las preguntas, en lugar de aburrirnos hasta sacarnos los ojos de sus órbitas con su jerga, si los medios de comunicación no se limitasen a exponer los descubrimientos y dieran cuenta de los problemas que condujeron a ellos, y si los docentes dejasen de traficar con datos ya disponibles en Wikipedia, tal vez encontraríamos a un público dispuesto a implicarse en esa gran aventura que llevamos viviendo en las quince últimas generaciones.

Así pues, si te presentan a un científico, no le preguntes por lo que sabe, sino por lo que él quiere saber. La conversación os resultará mucho más fructífera a ambos.

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